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miércoles, 17 de junio de 2020

Confinamiento palestino. Un pueblo olvidado y sometido por el estado de Israel y los judíos.

Palestina vive un doble aislamiento: por el temor a la covid-19 y el bloqueo israelí en Gaza junto a las amenazas de anexión de Cisjordania por parte de Netanyahu.



Texto íntegro.

"Tras su reciente toma de posesión el primer ministro de Israel se reafirmó en adoptar una de las decisiones más injustas y, por lo tanto, peligrosas en Medio Oriente: la anexión unilateral de Cisjordania, territorio que Naciones Unidas reconoce como Palestina. Dicha decisión podría llevar a una nueva sublevación de los palestinos de la zona, hecho que podría ponerle en jaque al mismo tiempo que lo están juzgando por soborno, fraude y abuso de poder. Pero Netanyahu se siente apoyado de forma incondicional por el presidente Donald Trump y su yerno, el judío Jared Kushner. El primer paso del presidente palestino Abbas fue desvincularse de los acuerdos de Oslo, pero parece que eso no le afecta al primer ministro de Israel.

Cisjordania es un territorio de 5.860 kilómetros cuadrados ocupado un 60% por los israelíes y dejando el 40% a los palestinos, que tienen su capital en Ramala. Eso significa que lo que debería ser territorio palestino está ocupado por colonias en las cuales viven 450.000 personas, de ideología muy extremista que entorpecen la vida del pueblo palestino, agrediéndoles, ocupando sus tierras, montando controles que les impiden el paso, quemando casas, no dejándoles acceder a sus tierras de las que viven.

Las colonias israelíes en los territorios palestinos son consideradas ilegales por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Unión Europea (UE) y la gran mayoría de la comunidad internacional.

Los israelíes tienen en Cisjordania autopistas propias por las que sólo pueden conducir ellos, colocan checks-points (controles militares) allí donde quieren y entorpecen la convivencia atacando constantemente a los palestinos. Desde hace tiempo su anhelo de invadir toda Cisjordania se está llevando a cabo y al parecer Netanyahu quiere acelerar este proceso.

«Para las organizaciones que trabajan por el Derecho a la Salud en Palestina, la fragilidad del sistema sanitario palestino es evidente, incluso antes de la pandemia de la covid-19 que ha puesto en evidencia las deficiencias de un sistema sanitario al borde del colapso» afirma Médicos del Mundo. Se han impuesto restricciones en todo el territorio de Cisjordania, limitando los movimientos, cancelando actividades no esenciales y confinando a las personas en sus domicilios.

Con una población que presentaba ya altos niveles de pobreza, dependiente de trabajos diarios y ocasionales, estas medidas tendrán consecuencias extremamente negativas para los medios de vida y el bienestar de la población palestina. De hecho, incluso antes de la pandemia de covid-19, el Banco Mundial había previsto un crecimiento negativo de la economía palestina para 2020 y 2021.

«En los primeros cuatro meses de 2020 ha continuado la demolición de propiedades en Cisjordania. La mayoría de estos inmuebles eran residencias privadas, infraestructuras de agua e instalaciones de saneamiento (tanques de agua y cisternas, grifos y letrinas), fundamentales para la higiene y para la prevención de enfermedades contagiosas. Además, a pesar del cierre de actividades y las restricciones de movimientos en Israel debido a la covid-19, los actos de violencia hacia personas palestinas por parte de colonos israelíes, con la destrucción de árboles y los destrozos de coches han seguido ocurriendo», denuncia Médicos del Mundo.

En este momento, en la franja de Gaza hay solo 65 ventiladores y 75 camas de UCI para una población de casi dos millones de personas. Además, hay una enorme carencia de tests de laboratorio y equipos de protección individual (EPI) para frenar el aumento de casos positivos.

Si la falta de camas y de medios en general ya era constante en Gaza, ahora la situación se ha agravado. No olvidemos que los gazatíes sufren un bloqueo total por parte de las autoridades de Israel. Sólo entran los alimentos, medicinas o personas que ellos deciden. Naciones Unidas viene diciendo que en el 2020 la vida sería imposible en Gaza. Y en ello están.

El paro en Gaza supera el 55% mientras que en Israel es del 10%. El combustible, el agua potable y la electricidad escasean. Los cortes de luz son algo habitual. El agua del mar está contaminada por los vertidos ya que durante las ofensivas militares de los últimos años, las depuradoras fueron bombardeadas. El 80% de la población depende de alguna manera de la ayuda internacional, según la agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA).

Por lo tanto, confinarse en casa por la covid es ya desastroso para una sociedad que sobrevive al límite. Y con la convicción de que si son infectados difícilmente podrán salir adelante. Mientras el mundo se mira a sí mismo, a su virus y a sus consecuencias económicas de la pandemia, los gazatíes siguen solos, al igual que los habitantes de Cisjordania."

viernes, 8 de mayo de 2020

Próximos a entrar en la fase 1. No olvidemos las recomendaciones de seguridad. Nos jugamos mucho.

Llevamos unas semanas muy duras, como nunca hubiéramos imaginado. Parece que estamos saliendo de ello y, sin haber pasado a la siguiente fase, muchas personas ya se han olvidado de lo que llevamos, de las transmisión del virus y, parece ser, que también de los miles de muertos y enfermos.

Aunque la gran mayoría de los ciudadanos es consciente de lo que nos jugamos en los próximos días ya hay que ha renunciado definitivamente al uso de las mascarilla (fundamentalmente los jóvenes) y se empiezan a ver corros de personas hablando como si nada hubiera pasado, sin medidas de protección y sin guardar las distancias. Una sola persona puede infestar a miles, en pocas horas y días.

Os dejo un escrito que está circulando por la red y que me parece acertado:

El 11 de mayo comenzará quizás la fase más peligrosa, la fase 1.
Muchos entendieron que podrán volver a la vida anterior y desafortunadamente, estamos lejos de poder volver a la vida anterior. En la fase 0, se están cometiendo graves errores.

En la fase 1, aún no podremos besar a quien queremos,  no podremos ser libres de pasar el rato con quien queremos, los largos viajes en coche con nuestras familias, los domingos pasados en mesas largas, caricias, besos etc. 

Mascarilla quirúrgica bien colocada sobre boca y nariz, guantes y distancia social, son necesarias, tanto en lugares cerrados, transporte público cómo en aglomeraciones 

La fase 1 comienza, no porque el peligro haya pasado sino porque el país iría cada vez a una ruina mayor, se precisa reanudar la actividad productiva, hay muchas familias que ya no tienen dinero, no pueden mantenerse en casa. Hay familias que pasan hambre, necesitan trabajar. 

El 11 de mayo hemos de ser conscientes que el virus no va a cambiar, que el peligro podría aumenta si no somos disciplinados y responsables, habrá  más personas en circulación. 

Muchos esperan con alegría el 11 de mayo y no, no es agua de mayo, es momento de ser solidarios con nuestros conciudadanos, de no bajar la guardia. 

Somos un pueblo obediente y disciplinado en una gran mayoría. Debemos ser capaces de llegar a la fase 2 sin más víctimas e infectados que hemos llegamos a la fase 1.
Por ti, por tu familia, por tus seres queridos y amistades, cuídate, cuídalos, cuídame, cuidémonos entre tod@s.

Ya hemos tenido demasiado sufrimiento, demasiadas muertes seamos responsables!!!! .

miércoles, 8 de abril de 2020

Yuval Noah Harari, Historiador y Filósofo. El mundo después del coronavirus.

Yuval Harari. La Vanguardia coronavirus
Yuval Harari. La Vanguardia
El mundo después del coronavirus
Os dejo el texto publicado en La Vanguardia el 06/04/2020. 


La humanidad se enfrenta a una crisis mundial. Quizá la mayor crisis de nuestra generación. Las decisiones que tomen los ciudadanos y los gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años. No sólo moldearán los sistemas sanitarios, sino también la economía, la política y la cultura. Debemos actuar con rapidez y resolución. Debemos tener en cuenta, además, las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones. Al elegir entre alternativas, hay que preguntarse no sólo cómo superar la amenaza inmediata, sino también qué clase de mundo queremos habitar una vez pasada la tormenta. Sí, la tormenta pasará, la humanidad sobrevivirá, la mayoría de nosotros seguiremos vivos... pero viviremos en un mundo diferente.
Muchas medidas a corto plazo tomadas durante la emergencia se convertirán en parte integral de la vida. Esa es la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos. Decisiones que en tiempos normales llevarían años de deliberación se aprueban en cuestión de horas. Tecnologías incipientes o incluso peligrosas se introducen a toda prisa, porque son mayores los riesgos de no hacer nada. Países enteros hacen de cobayas en experimentos sociales a gran escala. ¿Qué ocurre cuando todo el mundo trabaja desde casa y se comunica sólo a distancia? ¿Qué ocurre cuando escuelas y universidades dejan de ser presenciales? En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las juntas educativas no aceptarían nunca llevar a cabo semejantes experimentos. Pero no son estos tiempos normales.
En este momento de crisis, nos enfrentamos a dos elecciones particularmente importantes. La primera es entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano. La segunda es entre aislamiento nacionalista y solidaridad mundial.

Vigilancia “hipodérmica”.
Con el fin de detener la epidemia, toda la población debe seguir ciertas pautas. Hay dos formas principales de lograrlo. Un método es que el gobierno vigile a la población y castigue a quienes incumplan las reglas. Hoy, por primera vez en la historia humana, la tecnología hace posible vigilar a todo el mundo todo el tiempo. Hace cincuenta años, el KGB no podía seguir a 240 millones de ciudadanos soviéticos las 24 horas del día, ni aspirar a procesar de modo eficaz toda la información reunida. Debía recurrir a agentes y analistas humanos y le resultaba sencillamente imposible colocar a un agente tras cada persona. Sin embargo, ahora los gobiernos pueden recurrir a ubicuos sensores y potentes algoritmos, por lo que no necesitan espías de carne y hueso.
En su batalla contra la epidemia del coronavirus, varios gobiernos han desplegado ya las nuevas herramientas de vigilancia. El caso más notable es China. Escudriñando los teléfonos de los ciudadanos, haciendo uso de cientos de millones de cámaras con reconocimiento facial y obligando a las personas a controlar su temperatura y situación médica e informar sobre ellas, las autoridades chinas no sólo son capaces de determinar rápidamente quiénes son los posibles portadores del coronavirus, sino también de seguir sus movimientos e identificar a quienes entran en contacto con ellos. Toda una gama de aplicaciones para el móvil, advierten a los ciudadanos de la proximidad de personas infectadas.
Esa clase de tecnología no se limita a Asia oriental. El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu autorizó recientemente el despliegue por parte del Servicio de Seguridad General de la tecnología de vigilancia normalmente reservada a la lucha contra el terrorismo para seguir a pacientes con coronavirus. El correspondiente subcomité parlamentario se negó a autorizar la medida, pero Netanyahu la impuso con un “decreto de emergencia”.

Hay que elegir entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano; y entre aislamiento nacionalista y solidaridad mundial.
Cabría argumentar que todo esto no tiene nada de nuevo. En los últimos años, los gobiernos y las empresas han recurrido a tecnologías cada vez más sofisticadas para rastrear, vigilar y manipular a las personas. Sin embargo, si no tenemos cuidado, la epidemia podría marcar un importante hito en la historia de la vigilancia. No sólo porque cabe la posibilidad de que normalice el despliegue de los instrumentos de vigilancia masiva en países que hasta ahora los habían rechazado, sino también porque supone una drástica transición de una vigilancia “epidérmica” a una vigilancia “hipodérmica”.
Hasta la fecha, cuando tocábamos la pantalla del móvil y clicábamos sobre un enlace, el gobierno quería saber sobre qué clicaba exactamente nuestro dedo. Sin embargo, con el coronavirus, el objeto de atención se desplaza. El gobierno quiere saber ahora la temperatura del dedo y la presión sanguínea bajo la piel.

El pudín de emergencia
Uno de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de comprender en qué punto nos encontramos en relación con la vigilancia es que ninguno de nosotros sabe exactamente cómo somos vigilados ni que ocurrirá en los próximos años. La tecnología de la vigilancia se desarrolla a una velocidad de vértigo y lo que parecía ciencia ficción hace 10 años es hoy una noticia desfasada. Hagamos un experimento mental. Imaginemos un hipotético gobierno que exige a todos los ciudadanos que llevemos una pulsera biométrica para vigilar la temperatura corporal y el ritmo cardíaco las 24 horas del día. Los algoritmos estatales almacenan y analizan los datos resultantes. De ese modo sabrán que estamos enfermos antes incluso de que lo sepamos nosotros mismos, y también sabrán dónde hemos estado y con quién nos hemos reunido. Sería posible reducir de modo drástico las cadenas de infección e incluso frenarlas por completo. Presumiblemente semejante sistema sería capaz de detener en seco la epidemia en un plazo de días. Maravilloso, ¿verdad?
El inconveniente, claro está, es que legitimaría un nuevo y espantoso sistema de vigilancia. Si alguien sabe, por ejemplo, que he clicado en un enlace de Fox News en lugar de hacerlo en uno de la CNN, aprenderá algo acerca de mis opiniones políticas y quizás incluso de mi personalidad. Ahora bien, si puede vigilar lo que me sucede con la temperatura corporal, la presión sanguínea y el ritmo cardíaco mientras veo las imágenes, puede aprender lo que me hace reír, lo que me hace llorar y lo que realmente me enfurece.
Resulta crucial recordar que la ira, la alegría, el aburrimiento y el amor son fenómenos biológicos como la fiebre y la tos. La misma tecnología que identifica la tos podría también identificar las risas. Si las empresas y los gobiernos empiezan a recopilar datos biométricos en masa, pueden llegar a conocernos mucho mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos, y entonces no sólo serán capaces de predecir nuestros sentimientos sino también manipularlos y vendernos lo que quieran, ya sea un producto o un político. Semejante vigilancia biométrica haría que las tácticas de hackeo de datos de Cambridge Analytica parecieran de la Edad de Piedra. Imaginemos a Corea del Norte en 2030, cuando todos los ciudadanos deban llevar una pulsera biométrica las 24 horas del día. Si al escuchar un discurso del Gran Líder la pulsera capta señales de ira, ya podemos despedirnos de todo.
Es posible, por supuesto, defender la vigilancia biométrica como medida temporal adoptada durante un estado de emergencia. Una medida que desaparecería una vez concluida la emergencia. Sin embargo, las medidas temporales tienen la desagradable costumbre de durar más que las emergencias; sobre todo, si hay siempre una nueva emergencia acechando en el horizonte. Mi país natal, Israel, por ejemplo, declaró durante su guerra de independencia de 1948 un estado de emergencia con el que se justificaron una serie de medidas temporales, desde la censura de prensa y la confiscación de tierras hasta unas normas especiales para hacer pudin (no es broma). La guerra de independencia se ganó hace mucho tiempo, pero Israel nunca ha suspendido el estado de emergencia y no ha logrado abolir muchas de las medidas “temporales” de 1948 (clementemente, el decreto de emergencia acerca del pudín se abolió en 2011).
Incluso cuando las infecciones por coronavirus se reduzcan a cero, algunos gobiernos ávidos de datos podrían argumentar que necesitan mantener los sistemas de vigilancia biométrica porque temen una segunda oleada de la epidemia, o porque una nueva cepa de ébola se está extiendo por el África central, o porque... ya ven por dónde va la cosa. En los últimos años se está librando una gran batalla en torno a nuestra intimidad. La crisis del coronavirus podría ser el punto de inflexión en ella. Porque, cuando a la gente se le da a elegir entre la intimidad y la salud, suele elegir la salud.

La policía del jabón.
En el hecho de pedir a la gente que elija entre intimidad y salud reside, en realidad, la raíz misma del problema. Porque se trata de una falsa elección. Podemos y debemos disfrutar tanto de la intimidad como de la salud. Es posible proteger nuestra salud y detener la epidemia de coronavirus sin tener que instituir regímenes de vigilancia totalitarios, sino más bien empoderando a los ciudadanos. En las últimas semanas, algunos de los esfuerzos que más éxito han tenido a la hora de contener la epidemia han sido los organizados por Corea del Sur, Taiwán y Singapur. Aunque esos países hicieron uso de las aplicaciones de seguimiento, han confiado mucho más en las pruebas exhaustivas, la información veraz y la cooperación voluntaria de una población bien informada.
La vigilancia centralizada y los castigos severos no son la única forma de hacer cumplir unas pautas beneficiosas. Cuando se comunica hechos científicos a la población y ésta confía en que las autoridades públicas les transmitirán esos hechos, los ciudadanos pueden hacer lo correcto sin necesidad de la vigilancia de un Gran Hermano. Una población automotivada y bien informada suele ser mucho más poderosa y eficaz que una población controlada e ignorante.
Consideremos, por ejemplo, el hecho de lavarnos las manos con jabón. Ha sido uno de los mayores avances de la historia de la higiene humana. Ese sencillo acto salva millones de vidas todos los años. Aunque es algo que damos por hecho, no fue hasta el siglo XIX cuando los científicos descubrieron la importancia de lavarse las manos con jabón. Antes, incluso médicos y enfermeras pasaban de una operación quirúrgica a otra sin lavarse las manos. Hoy miles de millones de personas lo hacen diariamente, no porque tengan miedo de la policía del jabón, sino porque entienden los hechos. Me lavo las manos con jabón porque sé cosas acerca de los virus y las bacterias, entiendo que esos pequeños organismos causan enfermedades y sé que el jabón puede acabar con ellos.
Sin embargo, para lograr tal nivel de conformidad y cooperación, se precisa confianza. La gente tiene que confiar en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. En los últimos años, los políticos irresponsables han socavado de forma deliberada la confianza en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. Ahora esos mismos políticos irresponsables podrían verse tentados de tomar la senda del autoritarismo, argumentando que no cabe confiar en que la población haga lo correcto.

Si gobiernos y empresas reúnen datos biométricos en masas, sabrán más de nosotros que nosotros mismos.
Por lo general, una confianza que se ha erosionado durante años no puede reconstruirse de la noche a la mañana. Sin embargo, no son estos tiempos normales. En un momento de crisis, las mentes también pueden cambiar con rapidez. Podemos mantener amargas discusiones con nuestros hermanos durante años, pero cuando ocurre alguna emergencia descubrimos de repente una reserva oculta de confianza y amistad, y corremos a ayudarnos mutuamente. En lugar de construir un régimen de vigilancia, no es demasiado tarde para reconstruir la confianza de la gente en la ciencia, las autoridades públicas y los medios de comunicación. No cabe duda de que debemos hacer uso también de las nuevas tecnologías, pero esas tecnologías deberían empoderar a los ciudadanos. Estoy a favor de controlar mi temperatura corporal y mi presión sanguínea, pero esos datos no deberían utilizarse para crear un gobierno todopoderoso. Esos datos deberían hacer que yo pueda tomar decisiones personales más informadas, y también que el gobierno responda de sus decisiones.
Si pudiera hacer un seguimiento de mi propia situación médica las 24 horas del día, no sólo sabría si me he convertido en un peligro para la salud de otras personas, sino también qué costumbres contribuyen a mi propia salud. Y si pudiera acceder a estadísticas fiables sobre la propagación del coronavirus y analizarlas, me encontraría en capacidad de juzgar si el gobierno me está diciendo la verdad y si está adoptando las políticas adecuadas para combatir la epidemia. Siempre que se hable de vigilancia, debemos recordar que la misma tecnología de vigilancia no sólo puede utilizarse por los gobiernos para vigilar a los individuos, sino también por los individuos para vigilar a los gobiernos.
Por lo tanto, la epidemia de coronavirus constituye un importante test de ciudadanía. En días venideros, la elección de todos debería ser confiar en los datos científicos y los expertos en salud, en lugar de hacerlo en teorías conspirativas sin fundamento alguno y en políticos interesados. Si no tomamos la decisión correcta, quizá nos encontremos renunciando a nuestras más preciadas libertades, convencidos de que ésa es la única manera de salvaguardar nuestra salud.

Necesitamos un plan mundial
La segunda elección importante a la que debemos enfrentamos es entre el aislamiento nacionalista y la solidaridad mundial. Tanto la propia epidemia como la crisis económica resultante son problemas mundiales. Sólo pueden resolverse eficazmente mediante la cooperación mundial.
En primer lugar, para derrotar el virus necesitamos ante todo compartir globalmente la información. Es la gran ventaja de los seres humanos sobre los virus. Un coronavirus en China y un coronavirus en Estados Unidos no pueden intercambiar consejos sobre cómo infectar a los humanos. Sin embargo, China puede enseñar a Estados Unidos muchas lecciones valiosas sobre los coronavirus y cómo tratarlos. Lo que un médico italiano descubre en Milán a primera hora de la mañana puede salvar vidas en Teherán por la tarde. Cuando el gobierno del Reino Unido duda entre diversas políticas, puede obtener consejo de los coreanos que ya se enfrentaron a un dilema similar hace un mes. Ahora bien, para que eso suceda, necesitamos un espíritu de cooperación y confianza mundial.
Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma abierta y buscar humildemente asesoramiento, y ser capaces de confiar en los datos y las ideas que reciben. También necesitamos un esfuerzo mundial para producir y distribuir equipos médicos; sobre todo, kits de pruebas y respiradores. En lugar de que cada país trate de actuar localmente y acumule todos los equipos que pueda acaparar, el esfuerzo mundial coordinado aceleraría enormemente la producción de equipos susceptibles de salvar vidas y aseguraría una distribución más justa. Así como los países nacionalizan sectores clave durante una guerra, la guerra humana contra el coronavirus nos exige que “humanicemos” las cadenas de producción cruciales. Un país rico con pocos casos de infectados debería estar dispuesto a enviar los preciados equipos a un país más pobre con muchos casos, convencido de que, si más tarde necesita ayuda, otros países se la brindarán.

Los países deben estar dispuestos a compartir información de forma abierta.
Consideremos un esfuerzo mundial similar para reunir personal médico. Los países hoy menos afectados podrían enviar personal médico a las regiones más afectadas del mundo, tanto para ayudarlos en sus momentos de necesidad como para adquirir una valiosa experiencia. Si más adelante el foco de la epidemia se desplaza, la ayuda podría empezar a fluir en la dirección opuesta.
La cooperación mundial es esencial también en el frente económico. Dada la naturaleza global de la economía y las cadenas de suministro, si cada gobierno obra por su cuenta haciendo caso omiso de los demás, el resultado será el caos y el agravamiento de la crisis. Necesitamos un plan de acción mundial, y lo necesitamos sin tardanza.

Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. No parece que haya adultos en la sala.
Otro requisito es alcanzar un acuerdo mundial sobre los viajes. La suspensión de todos los viajes internacionales durante meses causará tremendas dificultades y obstaculizará la guerra contra el coronavirus. Los países deben cooperar para permitir que al menos un pequeño grupo de viajeros esenciales sigan cruzando las fronteras: científicos, médicos, periodistas, políticos, empresarios. Se puede conseguir mediante un acuerdo mundial sobre preselección de viajeros en el país de origen. Si sólo se permite subir a un avión a viajeros cuidadosamente seleccionados, se estará más dispuesto a aceptarlos en el país de destino.
Por desgracia, los países apenas toman hoy alguna de esas medidas. Una parálisis colectiva se ha apoderado de la comunidad internacional. No parece que haya adultos en la sala. La celebración de una reunión de emergencia de los dirigentes mundiales para trazar a un plan de acción común habría sido deseable hace ya muchas semanas. Sólo a mediados de marzo lograron los dirigentes del G-7 organizar una videoconferencia, sin que por otra parte saliera de ella ningún plan en ese sentido.
En anteriores crisis mundiales (como la crisis económica de 2008 y la epidemia del ébola de 2014), Estados Unidos asumió el papel de líder mundial. Sin embargo, el actual gobierno estadounidense ha renunciado a la labor de liderazgo. Ha dejado bien claro que la grandeza de Estados Unidos le importa mucho más que el futuro de la humanidad.
Esa administración ha abandonado incluso a sus aliados más estrechos. Cuando prohibió todos los viajes procedentes de la Unión Europea, ni siquiera se molestó en notificarla con antelación, y mucho menos en llevar a cabo una consulta sobre una medida tan drástica. Ha escandalizado a Alemania ofreciendo supuestamente mil millones de dólares a una empresa farmacéutica de ese país para comprar los derechos monopólicos de una nueva vacuna contra la covid-19. Incluso si el actual gobierno estadounidense cambiara finalmente de rumbo y presentara un plan de acción mundial, pocos seguirían a un dirigente que nunca asume ninguna responsabilidad, nunca admite ningún error y que acostumbra a atribuirse siempre todos los méritos y achacar toda la culpa a los demás.

Toda crisis es una oportunidad: esperemos que la actual epidemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del peligro que supone la desunión.
Si el vacío dejado por Estados Unidos no es ocupado por otros países, no sólo será mucho más difícil detener la actual epidemia, sino que su legado seguirá envenenando las relaciones internacionales en los próximos años. Sin embargo, toda crisis es también una oportunidad. Esperemos que la actual epidemia contribuya a que la humanidad se dé cuenta del grave peligro que supone la desunión mundial.
Debemos tomar una decisión. ¿Viajaremos por la senda de la desunión o tomaremos el camino de la solidaridad mundial? Elegir la desunión no sólo prolongará la crisis, sino que probablemente dará lugar a catástrofes aún peores en el futuro. Elegir la solidaridad mundial no sólo será una victoria contra el coronavirus, sino también contra todas las futuras crisis y epidemias que puedan asolar a la humanidad en el siglo XXI.
Copyright @ Yuval Noah Harari. Usado bajo licencia. Todos los derechos reservados.
Traducción del artículo publicado en Financial Times: Juan Gabriel López Guix

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Un ejemplo de solidaridad con los hermanos africanos, desde Badajoz

Con esta información quiero recordar que existen numerosas personas en nuestro entorno que siguen empeñadas en sacrificar su tiempo, dinero y energías en ayudar a muchas otras personas que necesitan nuestra ayuda. Para ellos, todo nuestro agradecimiento y nuestra colaboración.

Información facilitada por Lorenzo Nieto Collado.

CEDECO ONGd es una entidad extremeña con representación en la Comunidad Autonoma de Extremadura compuesta por personal voluntario y no remunderado, que incluye varios responsables de la ejecución de Proyectos en diferentes areas (educación, sanidad y agricultura), colaboradores y donantes que participan en las campañas que desarrolla la ONGd. CEDECO está inscrita como ONGd en la Agencia Extremeña de Cooperación Internacional al Desarrollo y pertenece a la Coordinadora de Organizaciones no Gubernamentales al Desarrollo en Extremadura.

  El objeto último es la financiación y seguimiento de  Proyectos concretos de Cooperación al Desarrollo fundamentalmente en el área educativa ejecutados y dirigidos fundamentalmente por la Comunidad Salesiana de Sierra Leona que lleva 25 años en el país. Se han realizado desde la constitución de la ONGd en el año 2011 varios proyectos entre los que sobresalen: dos pozos de agua potable, un Instituto de Formación Profesional para alumnas de sastrería, informática y alfabetización con fondos donados por el Grupo Preving, el equipamiento de aula de apoyo educativo para alumnos de secundaria, un comedor, letrinas, becas de alumnos.

Es de destacar el Proyecto realizado en 2014 de envío de un contenedor de material sanitario para el equipamiento de dos hospitales para la lucha contra el ébola en Sierra Leona que ya ha llegado a buen puerto.

Para estos proyectos se han utilizado fondos procedentes de donantes privados (Grupo PREVING, LA CAIXA y donaciones particulares), así como por campañas propias anuales promovidas por la ONGd (Comidas solidarias, rastrillos benéficos o recogida de material sanitario).